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Les decía que no estamos en cualquier lugar. En este espacio geográfico de Caracas se ha impuesto la paz . Se impuso por la heroica resistencia del pueblo venezolano frente a las acechanzas del fascismo. El pueblo no mordió el peine de la violencia. Factores militares y civiles del fascismo estuvieron por aquí derritiéndose durante días, semanas, meses. Y la sabiduría, no solo teórica, sino producto del legado cultural colectivo del que era receptor, permitió al comandante Hugo Chávez tomar las decisiones correctas para que esos factores se derritieran en su propia salsa, sin morder el peine de una respuesta legítima que el Estado venezolano pudo haber tenido frente a un conjunto de militares que, desconociendo el orden constitucional y a su comandante en jefe, pretendían llevar adelante un cambio de régimen. Eran instrumentos del imperialismo norteamericano y están hoy en el basurero de la historia. Y nosotros estamos aquí, reunidos en Caracas. Pero no es cualquier parte de Caracas, ni cualquier parte de este municipio, sino que estamos reunidos nada más y nada menos que en la sala Luis Britto García. Nada más y nada menos, Don Luis. Qué bueno honrar en vida, qué bueno contar con Luis, lúcido y activo en la primera línea de combate, también con su pluma de Bolívar en las manos. Y déjenme decirles que si hay un intelectual que merece el nombre de intelectual y que resume también en sí la creación artística, ese es Luis Britto García, intelectual, artista, dramaturgo, creador, guionista cinematográfico. Ahora tenemos, muy pertinente, La Planta Insolente, obra cinematográfica de Román Chalbaud como director y de Luis Brito como autor, que está disponible con libre acceso en esa herramienta tecnológica imperialista llamada YouTube. No sé si ustedes conocen la historia de un piloto venezolano de la exigua Fuerza Aérea Venezolana allá por 1942. Entonces las fuerzas armadas de Venezuela eran muy precarias. Habían sido concebidas realmente para garantizar el orden interno, para que las empresas transnacionales petroleras pudieran desarrollar sus actividades, para las cuales ellas mismas habían redactado la ley venezolana que las controlaba, que las regía. Veníamos del gomecismo y había en Venezuela un gobierno decente, encabezado por un militar que muchos creían simpatizante de Mussolini. Llegó con el estigma de ser protofascista, pero tanto para sus proponentes e impulsores como para sus iniciales oponentes fue una gran sorpresa. El general Isaías Medina Angarita resultó ser un hombre progresista. Se rodeó de ilustres intelectuales y se dio en Venezuela una apertura democrática como nunca había existido previamente. No era un hombre revolucionario, ni mucho menos socialista, ni marxista, ni siquiera podríamos decir que era un hombre de izquierda. Era un hombre decente. Rompió con el lopecismo, que era la siguiente fase del gomecismo. ¿Cómo dijiste tú de los socialdemócratas, Pablo? Que la socialdemocracia era el taller de reparación del capitalismo. Bueno, López Contreras fue una especie de taller de reparación del gomecismo, que era demasiado brutal como para continuarlo, y entonces este agente de EEUU —está documentada esta relación— que era líder militar y, por cierto, buen escritor… López Contreras dejó una buena producción literaria que nosotros hemos reproducido en el Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Fíjense, no somos tan sectarios ni estamos cobrando cuentas lejanas. Medina, año 42, se cuida mucho de no declarar la guerra al eje Alemania-Japón-Italia. Rompe relaciones, pero se cuida Medina de no declarar la guerra hasta casi finalizado el conflicto. Y resulta que se dio en su tiempo la mayor operación militar jamás realizada en aguas del Caribe en el marco de la Batalla del Atlántico.